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Los aprendizajes de una vida nómada son infinitos, el mundo es un gran laboratorio, una inmensa biblioteca al aire libre, es la mejor escuela.

La vida real está en la calle. En cualquier calle del mundo.

Hay muchas maneras de recorrer esas calles: con prejuicios e ideas preconcebidas, o con la mente abierta a todo, sin juzgar, como una niña que ve algo por primera vez.

Viajar no es sólo poner una chincheta en un mapa, muchos sellos en el pasaporte, hacer miles de fotos y tener un instagram con muchas visitas, eso es sólo la superficie.

Moverte por el mundo es aprender, superarte, limpiar tu alma de la contaminación mental que nos rodea, es reencontrarte contigo misma y sanarte.

Estas son para mí las 5 enseñanzas básicas de una vida nómada:

1. Adaptabilidad y equilibrio

Los seres humanos somos sociables por naturaleza, buscarás inconscientemente un entorno social, tendrás que relacionarte con gente que no conoces, a veces ni siquiera entiendes su idioma. 

Te das cuenta del poder de tu sonrisa y de tu expresión corporal, te vuelves más expresiva y te abres a gente nueva.

Aprendes que hay muchas formas de comunicarte, que el idioma no es barrera, que si dos personas quieren, se entienden.

Descubres que hay muchas maneras distintas de ducharse, pruebas comidas nuevas y te sorprende la diversidad del mundo, aunque no seamos tan diferentes.

Al moverte por tu cuenta pasas desapercibida y te puedes mezclar con la gente del lugar y vivir con ellos y como ellos. Cuando viajas en grupo es imposible no dar la nota.

Encuentras mucha gente por el camino, locales u otros viajeros, que te regalan momentos inolvidables. Vives situaciones divertidas y otras no tanto y aprendes a resolverlas sola, que todo tiene solución si le echas imaginación, ganas y recursos.

Eso refuerza tu autoestima, porque ves que puedes, que no necesitas a nadie o que eres capaz de pedir ayuda si realmente la necesitas, te quitas inseguridades y adquieres destrezas nuevas.

En Asia y África tienen el concepto “old is gold”, respetan a la gente mayor porque es más sabia y pueden aprender de ellos. Por tanto te tratan con consideración y respeto, y eso se agradece cuando vienes de una sociedad en la que cuando cumples 50 te vuelves invisible.

Por eso considero que la capacidad de adaptación y el equilibrio son aprendizajes fundamentales en la vida nómada

2. Intuición y observación

Tienes un poder oculto, todas lo tenemos, lo que pasa es que no lo usamos y se oxida, y es el poder de la intuición, ese “sexto sentido” que nos avisa cuando una situación no fluye, hay algo que no cuadra, esa vocecita que nos dice “no subas a ese coche”, “aquí no me quedo”…

Llevo muchos años moviéndome por el mundo y nunca me ha pasado nada, ¡NUNCA!

No me han robado, ni acosado, ni he tenido accidentes de tráfico…  me he caído, me he puesto enferma y todas esas cosas que también nos pasan en casa, porque la vida es así, nos hace tropezar de vez en cuando, pero no he tenido grandes tropiezos con malas personas. 

Con los años he desarrollado mi observación e intuición. 

La gente que viaja conmigo a veces se queda parada cuando les digo “no cojas ese tuktuk, vamos a por otro” o “mejor buscamos otro sitio para comer”… 

A veces es pura intuición, pero la mayoría de las veces es observación: el conductor del tuktuk tenía los ojos vidriosos, estaba drogado o bebido, o he echado un vistazo a la cocina de ese bar y estaba asquerosa.

Con la práctica llega un momento en que parece que las cosas, los locales, las situaciones “te hablan”. Sé que el alojamiento es limpio sólo con ver a la señora de la casa, o que ese autobús no es seguro por la cara de la gente que hay dentro. 

Siempre hago caso de mis corazonadas, y funciona. Me he salvado de unas cuantas usando la observación y la intuición.

3. Humildad y empatía

Cuando estás en ruta no eres nadie más que tú: no eres la hija de nadie, ni la madre, ni la jefa… eres tú al desnudo, y tomas consciencia de lo insignificante y vulnerable que eres.

Siempre digo que mi verdadero yo surge cuando estoy de viaje. 

No estás en tu territorio, eres una visita, y aprendes a estar en situaciones desconocidas.

A veces te tocará aguantar momentos que te sacan de tus casillas, querrías reaccionar pero no debes hacerlo, porque no eres nadie para ir a decirles lo que deben o no deben hacer. ¿O es que a ti te gusta que los de fuera te vengan a “solucionar la vida”?

He visto mucha miseria, mucha pobreza y mucha mezquindad. En todas partes es lo mismo: una élite que vive como Dios a costa del trabajo de muchas personas oprimidas y explotadas.

Es la condición humana. Pero también he visto mucha dignidad y mucha alegría, una resiliencia increíble y una generosidad sin límites, casi siempre por parte de los oprimidos y explotados.

No soy muy partidaria de los voluntariados, hay gente que  va a “ayudar” desde su posición de blancos privilegiados: “pobrecitos qué mal lo están pasando, voy a salvar el mundo y de paso me hago cuatro fotos con negritos famélicos y luego las cuelgo en mis redes para que todo el mundo vea lo bueno que soy”. ¡Qué asco!.

No digo que todos los voluntarios sean así, muchos de ellos realmente quieren ayudar y poner su granito de arena, con generosidad y empatía.

Hay que informarse bien sobre el tipo de voluntariado que quieras hacer, quién está detrás, qué actividades llevan a cabo… para no caer en las trampas del “volunturismo” (pagar dinero para que me hagan sentir voluntaria y mejor persona).

Hay mil maneras de ayudar a la gente, desde el respeto y la colaboración: alójate en sitios locales, come en restaurantes o chiringuitos familiares, visita y compra en los mercados, compra artesanía, contrata guías locales, muévete en transporte público… que todo el dinero que te gastas en el viaje beneficie a la gente que quieres ayudar, sin ir de “salvadora blanca”.

Una enseñanza básica de una vida nómada es la generosidad, el compartir, si una situación o alguien te llega al corazón ayúdale, con respeto y empatía.

Alguna vez me he quedado más tiempo en un sitio porque he visto que lo que les estaba pagando por la habitación les estaba dando de comer a todos, y si además compro una gallina, arroz o algo de verdura en el mercado, comemos todos como reyes, pero sin “regalarles” nada en plan superior.

Y es recíproco, porque confían en ti y te invitan a compartir con ellos fiestas y momentos íntimos… y de pronto te dejan al bebé para que lo cuides o te piden que enciendas el fuego. Eres una más. Aprendes de ellos, es un intercambio, no es caridad.

Aprovecha que viajas para dejar tu ego en casa.

4. Apertura de miras y tolerancia

Miguel de Unamuno decía: “El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando.”

Leer y viajar son las dos cosas que más me gustan. Y es cierto que cuando viajas se te caen todos los estereotipos y clichés inculcados sobre la gente que, supuestamente, “no es como tú”. 

Cocinando con las “mamas” en Tanzania, conviviendo 3 meses con una familia en Cachemira o compartiendo la comida con los nómadas mongoles, te das cuenta de que sí, son como tú. 

Tienen las mismas inquietudes, los mismos miedos y los mismos objetivos en la vida que tú y que yo: sacar a los suyos adelante, vivir dignamente, estar en paz con ellos mismos y su manera de vivir… sólo cambian las formas, el fondo es el mismo, somos todos iguales.

Y eso hace que de pronto se te abra un mundo nuevo.

Hay muchísima buena gente por ahí. Gente valiente y admirable. 

En África hay un dicho: “Si las mujeres bajaran los brazos, el cielo se caería”. Y cuando encuentras a esas heroínas anónimas, que mantienen a su familia y la cuidan con todo su amor a pesar de ser ciudadanas de segunda, muchas veces maltratadas, nunca escuchadas, siempre menospreciadas…

que te reciben con una sonrisa de oreja a oreja, que bromean y saben disfrutar de los buenos momentos, que saben que sin ellas el cielo se caería pero no alardean, esas heroínas silenciosas… las admiro mucho.

Y más cuando por la noche escuchas las palizas que les dan sus maridos, que se creen con el derecho de descargar su frustración en ellas, y al día siguiente ves moratones y dientes rotos… intentas ayudarlas, consolarlas, y te dicen “no te metas que será peor”

Porque es su vida, y tú estás de paso, un día te irás y ellas se quedan allí con sus hijos, su marido, su familia, y las puedes meter en un lío.

He aprendido a no meterme donde no me llaman, porque son ellos y ellas los que deben lidiar con sus demonios. Las situaciones injustas que viven las sociedades (incluida la nuestra) se deben solucionar desde dentro.  

Eso no significa que no duela, que te sea imposible aceptar según qué cosas, y eso está bien, estás defendiendo tus valores, pero no puedes cambiarlo, y como estás en su casa debes convivir con ello. 

Entonces se caen las barreras mentales, tu cerebro hace un “clic” y tus prejuicios se caen al suelo. Compartir con otras culturas y otras maneras de pensar te cambia la mente. Y ese es uno de los grandes aprendizajes de la vida nómada

5. Autoestima y autoconocimiento

En nuestro entorno habitual estamos muy condicionadas por el entorno, nos fijamos en la percepción que los demás puedan tener de nosotras, “lo que se espera de nosotras”, a nivel laboral, sentimental, familiar…

Cuando coges la mochila y te vas, dejas todo eso atrás. Eres tú, simplemente, sin condicionamientos externos, sin “qué dirán”. 

Eres una extranjera, estás de paso, nadie te juzga. Y si alguien lo hace, te importa un bledo.

Eso hace que tengas la ocasión de verte a ti misma tal como realmente eres, sin tener que dar explicaciones a nadie, y créeme si te digo que te sorprenderás. 

Conocerás cualidades que ni sabías que tenías (y defectos también) y durante el viaje te irás reconciliando contigo misma, conociéndote mejor y queriéndote más.

Y cuando regreses a casa nada habrá cambiado,  pero tu lo verás todo con otros ojos, desde otro enfoque. Porque aquí todo seguirá igual, pero tú eres otra.

Vuelves a tu rutina y empiezas a pensar en el próximo viaje, a buscar información, a soñar nuevos paisajes… porque ya tienes metido el bichito viajero en la sangre, y no hay quien te pare.

Hay otras muchas enseñanzas básicas de una vida nómada, como la paciencia, la perseverancia, la confianza en los demás… pero creo que estas son las que más me han aportado.

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