fbpx

Vivir en una boma maasai

Hoy me levanto como una niña inquieta. Pasar 24 horas con los Maasai en una boma (aldea) auténtica, no turística, es una de las experiencias de este viaje que más me atraen.

Intento no crearme expectativas y llegar allí con la mente abierta, pero mi imaginación está desbocada.

Antes de ir a la boma pasamos por el mercado Maasai, donde van a comprar y vender su ganado, sus vacas y sus cabras principalmente. Se ha despertado un día plomizo y está lloviznando.

Cuando empezamos el viaje Sandra, mi compañera de aventuras, me preguntó si había alguna posibilidad de ver la Vía Láctea, porque había leído que en Tanzania hay lugares en los que se ve muy bien. De hecho a estas latitudes sólo necesitas una noche sin luna y un cielo despejado, sin contaminación lumínica.

La boma es el lugar perfecto… pero el cielo está nublado. Si tiene que ser, será.

Llegamos a la aldea a media mañana. Ha dejado de llover y un tímido sol se asoma entre las nubes.

El sitio donde se encuentra el poblado Maasai es hermoso. Se encuentra elevado en una colina y desde allí se ve la estepa africana, verde e interminable, y allá a lo lejos la silueta del Rift y el reflejo del lago Manyara. ¡Unas vistas de lodge de lujo!

Nos recibe Olelaiboni, el jefe del pueblo y conexión con su Dios (un poquito chamán sí es) desde que su padre, Laiboni, murió hace unos años.

 

Tiene una mirada profunda e inquisitiva, Sandra dice que con un punto de lascivia, y nos mira fijamente sin pudor.

La boma (aldea) es grande, hay muchas casitas de barro cilíndricas con el techo de paja repartidas en diversos grupos, y cercados para las vacas hechos con ramas de acacia.

A la izquierda hay unos edificios rectangulares de hormigón: es la escuela. En la boma hay 300 niños, la mayoría descendientes de Laiboni, que tuvo 10 mujeres, un montón de hijos y centenares de nietos.

Lo más importante para los maasai son las vacas. Para ellos todas las vacas del mundo son suyas. Ellos son los guardianes, pastores y protectores de las vacas.

Cuando un hombre quiere casarse con una chica, debe pagar su dote en vacas. Si los padres de la chica aprueban al hombre y él paga las vacas estipuladas, se casa con ella.

Cada una de las mujeres tiene su choza en la que vive con sus hijos, el marido va cambiando de choza cada día o duerme en la choza de su madre. Las casas son de las mujeres, de hecho ellas las construyen.

La vida de los maasai no es fácil, especialmente la de las mujeres. Los hombres se van por la mañana a pastar los rebaños de vacas, caminan muchos kilómetros, sobre todo en la época seca, y vuelven al atardecer. Con todas las vacas. Cómo falte alguna, están en un lío.

Las mujeres ordeñan las vacas a primera hora, luego cargan sus burros con bidones y van a buscar agua, también son las encargadas de la leña, a veces tienen que recorrer grandes distancias, son las que construyen y reparan las chozas, hacen la comida y todas las tareas de casa, cuidan de los niños y vuelven a ordeñar las vacas al anochecer cuando vuelven los rebaños. Además hacen pulseras y abalorios para vender y sacarse algún extra. 

Los niños tienen la gran suerte de tener la escuela en la boma. A la mayoría de los niños les toca caminar varios kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir al cole. 

Olelaiboni nos enseña la escuela, nos presenta a los profesores, que son 8, y nos preguntan si creemos que algún profesor mzungu (blanco) conocido nuestro querría venir a trabajar aquí como voluntario. Las condiciones son muy precarias para un blanco: no hay luz, ni agua corriente, el agua que usan ellos no es potable para nosotros, los baños están a 200 m y no son más que un agujero en el suelo… Nosotros pasaremos 24 horas con ellos y la cosa parece dura, imagínate vivir unos meses aquí…

Recogemos los datos de la escuela, nos piden que les ayudemos de algún modo a sufragar la construcción de unas aulas que ha quedado paralizada, les decimos que haremos lo que podamos.

Olelaiboni nos lleva a dar una vuelta por los alrededores, subimos hasta la cima de la colina donde la vista es espectacular y cuando bajamos, comemos. Hemos traído cocinero, porque nuestras tripas mzungu no soportarían la comida maasai, cocinada con agua no potable y llena de parásitos y microbios. El cocinero trae su propia agua y cocina ahí mismo. Está deliciosa. 

Después de comer nos enseñan nuestra choza: es igual que todas las otras, un círculo sin ventanas, pero se han tomado la molestia de meter una cama metálica con colchón para que estemos cómodas. Nos muestran cómo duermen ellos, en un jergón de palos cubierto por una piel de vaca. Les agradecemos el detalle, mientras nos preguntamos cómo habrán metido aquel camastro por el agujero de la puerta, que es diminuto.

Al atardecer empiezan a llegar las vacas y van entrando en los cercados. Las mujeres nos invitan a ordeñarlas. El suelo es un barrizal de caca de vaca, pero no dudamos en meternos.

A mí no me convence eso de ordeñar vacas, no tengo ninguna experiencia con esos animales, pero Sandra se crió en una granja y decide que quiere probar. Le ponen una manta maasai por encima para que las vacas no la tomen por extraña… ¡y allá que se va!

Le eligen una vaca mansa y le apartan a la cría que está pegada a sus ubres. Sandra se agacha, pone la cabeza en la tripa de la vaca y se pone a ello. No es como en casa, dice, que las vacas están en el establo y puedes sentarte a ordeñarla, aquí estás en medio del rebaño, con otras vacas, toros y crías, hay movimiento por todas partes… no es nada fácil. Consigue sacarle algo de leche, pero es complicado. 

La Vía láctea y la  Constelación del Pato

El sol se está poniendo y ¡el cielo está despejado!. Empiezan a aparecer las primeras estrellas y cuando cae la noche miramos al cielo y vemos la Vía Láctea en toda su extensión, con la bifurcación en su final, perfectamente nítida ¡Un regalazo!. Buscamos una zona oscura para ver mejor el cielo, hay un sólo punto de luz en la boma, es un foco insolente y desagradable que les ha puesto el gobierno, vete tú a saber porqué.

Aida, Sandra y yo nos quedamos contemplando el cielo y de pronto Sandra dice: ¡mira, la constelación del pato! Acabamos de descubrir una constelación nueva, jajaja! Y lo más curioso es que desde ese día, cada noche que mirábamos al cielo tanzano, veíamos la Constelación del Pato.

Daniel nos dice que han hecho una hoguera para nosotros cerca del foco. Nosotras queremos seguir viendo esa noche estrellada que no olvidaremos, pero insiste. Vamos para allá, nos llevamos nuestras sillas junto a la pequeña hoguera y vemos que hay 4 o 5 muchachos jóvenes con sus zimbos (palos de acacia) allí de pie, como esperando algo. Llegan más jóvenes y de pronto se ponen a cantar y a bailar, allí, en la oscuridad sólo iluminada por la hoguera y el foco de las narices… ¡un momento absolutamente mágico! Siento que la foto sea tan mala, pero es una noche oscura y en un momento tan especial y auténtico no quise usar el flash.

Son los guerreros. Algunas noches se juntan unos cuantos de distintas bomas y las recorren para cantar y bailar. Los niños están felices e intentan emular los cantos y los saltos de los guerreros. Me siento feliz. Cuando el viaje te regala momentos como éste, intentas retenerlos y disfrutarlos segundo a segundo. Pura felicidad. Me abrazo a Sandra. La Vía láctea, los guerreros cantando, bailando y riendo…la magia africana!

No sé cuánto tiempo bailaron los maasai, no sé si fueron 10 minutos o dos horas, no me preguntes… pero todo llega a su fin, cesan los cantos y los guerreros desaparecen en la oscuridad.

Nos vamos a dormir a nuestra choza y duermo como hacía tiempo que no lo hacía. En una choza maasai sin ventanas, en una cama desnivelada, en mi saco de dormir sucio, con mierda de vaca en las piernas y los pies negros. Me quedé frita, dormí plácidamente, sin sueños. El sueño lo había vivido unas horas antes.

Nos levantamos temprano, con la salida del sol. Hacemos nuestra excursión al baño y nos reunimos en la zona de desayuno. Después de desayunar nos dicen que vamos a acompañar a los hombres a sacar las vacas. Caminaremos unos cuantos kilómetros.

Definitivamente si fuera Maasai preferiría ser hombre. Las vacas, divididas en pequeños rebaños de 40 0 50 (en la boma hay unas 1.000 vacas, nos dicen) dirigidos por uno o dos pastores con su zimbo y su “shuka” (manta maasai), calzados con sandalias de suela de vehículo, van saliendo en diferentes direcciones. Los animales son obedientes y se mantienen juntos. Nosotras vamos detrás por si se queda alguna rezagada, y las vamos azuzando con palos improvisados si se quedan atrás.

Se nos pasa el tiempo volando, Daniel nos dice ¿seguimos o volvemos? y decidimos seguir caminando, hablando, contemplando el paisaje lleno de matices.

Al rato Daniel dice que debemos volver, se nos está pasando la mañana y debemos estar en Mto Wa Mbu antes del mediodía, las mamas nos esperan para cocinar con ellas.

Volvemos a la boma y entre despedidas, compras de pulseritas y “no me quiero ir” salimos a las tantas… las mamas tendrán que esperar..

He aprendido mucho de los Maasai. Son duros, nobles, valientes, elegantes y muy orgullosos. Nos dejaron compartir su vida unas horas y les estoy muy agradecida. 

Es curioso, perdí totalmente la noción del tiempo en la boma, viví la experiencia segundo a segundo… eso me ha pasado muy pocas veces. ¡Y es delicioso!

P.D. No he vuelto a ver la Constelación del Pato. Quizá sólo exista en nuestra imaginación. Pero no la olvidaré. No todos los recuerdos tienen por qué ser reales.

 

También puedes bajarte mi guía

“los tres miedos a viajar sola + 5 trucos para disfrutar de tu viaje de piel”

es gratis, y si te suscribes recibirás información sobre el próximo viaje de piel en grupo. ¡Serás de las primeras en saberlo!