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3. Un pilau, 2 mzungus y un paseo en bicicleta

Llegamos tarde a Mto Wa Mbu. Deberíamos haber llegado a media mañana, pero se nos fué el tiempo en la boma maasai. 

No hay tiempo para preparar la comida con las mamas por la mañana, o sea que cambiamos de planes: primero ducha (necesaria, te lo aseguro) ropa limpia y a comer con las mamas, haremos la sesión de cocina después de comer y cenaremos allí.

El restaurante de Mama Naseeb sólo ofrece desayunos y comidas, pero por esta vez nos dejarán cenar allí la comida que preparemos por la tarde. Hakuna matata, no hay problema.

Mama Naseeb y su hermana Emy son ese tipo de mujeres que te encuentras en todas partes del mundo: fuertes, trabajadoras incansables, con una resiliencia increíble, una sonrisa enorme y que se adaptan a todo. 

El restaurante de Mama Naseeb es un local pequeño, con un par de mesas fuera y otro par dentro, todo a la vista, todo sencillo y limpio.

Comemos fuera, la comida es sencilla pero sabrosa: arroz, verduras, judías, chapati (sí, como en India) y algo de pescado o carne, siempre aderezado con un poco de pili-pili (una salsita picante, siempre la ponen aparte), sal (cocinan con muy poca sal, les pides “chunvi” y te traen un puñado de sal en un platito). Comida sencilla, sabrosa, natural y de proximidad.

Estamos tan acostumbradas en casa a comer tanta comida distinta, siempre menús variados, que puede parecer chocante que aquí la comida sea siempre la misma, con alguna variación, alguna salsa distinta, el pescado y la carne cocinados de otro modo, quizá un día pollo y al otro cabra… pero la base es la misma. Sin aditivos, fresca y cocinada con carbón.

De postre un poco de fruta: trocitos de sandía, mango y plátano, a veces hay papaya o aguacate.

Mto Wa Mbu es un pueblo muy especial. En él viven 39.000 personas, pero es tan frondoso que cuando llegas sólo ves la carretera principal, con sus casas y su ajetreo ¿aquí viven 39.000 personas? Y es que si tomas cualquier caminito desde la vía principal, te metes en calles sin asfaltar, llenas de árboles, con casitas por todas partes.

Mto Wa Mbu quiere decir “río de los mosquitos”(¡sí, tráete el repelente!) El pueblo está encajonado entre el Rift y el lago Manyara, es una zona agrícola riquísima, su suelo es muy fértil, por eso ha venido gente de todos los rincones de Tanzania para vivir de su tierra. En este pequeño asentamiento hay gente de las más de 120 tribus que existen en Tanzania. En cierto modo es un pueblo “cosmopolita”. 

El paisaje es también muy particular, miras hacia un lado y ves campos de arroz que te trasladan al Sudeste asiático, más allá plantaciones de banano, que te transportan a los bananales de Ecuador o la India…

Otra curiosidad: como la zona es llana, la gente se mueve en bicicleta, es un transporte barato y apropiado para el terreno. Me gusta este pueblo, es bonito y tiene personalidad.

Muy recomendable subir al mirador del Rift, pasada la entrada al PN Manyara, desde allí el paisaje es espectacular: El Rift en todo su esplendor, el pueblo y el lago Manyara al fondo.

Después de comer nos ponemos al lío. Decidimos cocinar fuera, hace calor, y como cocinan en un hornillo de carbón, se puede poner en cualquier parte.

 

Mama Naseeb es un nervio, se mueve de un lado a otro, pone cebolla picada en una cazuela sobre el fuego y me dice que vaya removiendo: ¡Changanya!. 

Cocinan de pie, pero el hornillo no se levanta más de 40cm, trabajan agachadas. A Sandra la ponen a limpiar espinacas y rallar verduras. Al rato estoy deslomada y deben ver mi cara porque Emy me acerca una silla, y otra para Sandra. ¡Esto ya es otra cosa!

El plato principal será Pilau, parecido a un arroz a la cazuela de aquí. De hecho los ingredientes son parecidos y la forma de cocinarlo también: una base de cebolla, tomate y carne, se le añade agua, y el arroz. La particularidad es que para cocinar el arroz le ponen brasa de carbón por encima, esto crea un efecto “horno” que hace que se cueza uniformemente. No es un arroz caldoso, queda muy suelto y delicioso.

También cocinamos “ugali”, que no es otra cosa que harina de maíz con agua y ¡a remover sobre el fuego! Hay que tener unos buenos brazos. ¡Changanya, changanya! El resultado es un puré espeso e insípido, que sirve para acompañar los platos con salsa. Llena mucho y es barato. También hay una variación de ugali con una especie de ñame o mandioca.

Pasamos la tarde riendo con las mamas, gesticulando e intentando seguir las instrucciones de la “jefa”. Como estábamos fuera, al rato había un puñado de “espectadores” viendo cómo las “mzungus” intentaban hacer “Pilau” 

Acabamos las cuatro sentadas, riendo y “hablando”. El afecto no tiene idioma, la risa es universal.

 

¡Y la comida estaba muy rica!.

Al día siguiente alquilamos unas bicis y nos fuimos a recorrer el pueblo. 

Debo decir que hacía más de un año que no iba en bici y creí que sería una ruta fácil, pero empezamos a meternos por caminos en cuesta, estrechos y embarrados…con bicis viejas, a la mía no le funcionaban las marchas y era de paseo, la de Sandra no tenía frenos… no me caí ni una sola vez aunque la bici se me “desbocó” en un par de ocasiones. ¡Aquello era “trial” puro y duro!

Eso sí, nos metimos por los bananales, luego caminamos hasta un enorme baobab sobre una colina que ofrecía unas vistas increíbles, vimos huellas frescas de elefante y nos alejamos velozmente,  probamos la cerveza de plátano, visitamos algún taller de artesanía…

Me encanta ir en bici, me transporta a mi niñez… pero cuando vayamos otra vez en junio, ya le he dicho a Daniel que mejor hagamos la ruta hasta el lago, que es menos accidentada, más plana y más abierta. ¡Ya veremos! Cada viaje de piel es distinto y se adapta a quien lo vive…

Por la tarde Sandra y Daniel agarraron las bicis y ¡se subieron al Rift! son unos locos de la bici, yo no tenía nada que hacer ahí. ¡Con decir que dejaron al guía atrás, lo digo todo!

Yo me dí un paseo a pie por los arrozales, me puse a escribir, descubrí los plátanos rojos y lavé algo de ropa, reivindico los ratos libres en los viajes, es en esos momentos cuando puedes asimilar lo que estás viviendo, cuando te quedas quieta un ratito y observas a tu alrededor y dentro de ti.

Los “bikers” regresaron agotados y con una sonrisa de oreja a oreja y justo cuando llegaron al hostel, ¡se puso a llover a mares!. Hemos tenido tanta suerte con el tiempo, teniendo en cuenta que hemos viajado en época de lluvias…

Abandonamos Mto Wa Mbo (tampoco hay tantos mosquitos) con pena, es de esos lugares en los que te quedarías un mes, un tiempo, una vida…

 

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