
Aunque en un principio no estaba en mis planes, el destino me envió a Bosnia Herzegovina.
Cuando me planteé volver a los Balcanes, mi idea estaba centrada en Montenegro, pero encontré un vuelo barato a Sarajevo desde Girona, así que viajé “sin querer” al país que más me ha gustado de este viaje.
Bosnia Herzegovina ha sido un descubrimiento.
Sarajevo
Después de un vuelo tranquilo, puntual y sin incidentes, llegué a Sarajevo un miércoles de mediados de septiembre a media mañana.
Como no me gustan los taxis, y menos los del aeropuerto que, vayas donde vayas, son unos ladrones, había estudiado la manera de llegar al centro en transporte público.
Hay un bus, el 200E de la compañía Centrotrans que se supone que pasa cuando llegan vuelos y cuesta unos 8 BAM (4€) pero no había ni rastro así que puse en marcha el plan B.
Opté por los trolebuses que te llevan desde una parada cercana al Aeropuerto de Sarajevo (en el distrito de Dobrinja, a unos 15 minutos caminando de la terminal) hasta la ciudad vieja de Sarajevo (Bascarsija).
El 103 te puede dejar, por ejemplo, en Austrijski Trg, mientras que el 107 te lleva a la parada de Jezero. Ambas rutas corren en paralelo al río Miljacka.
A mí me convenía más el 103, era el que estaba más cerca de mi alojamiento.
Sobre todo recuerda que tienes que cruzar la calle y coger el trole en la dirección por la que has venido, yo me equivoqué y eso hizo que mi trayecto se alargase un poco, pero como es circular, acabas yendo al centro igualmente.
El trayecto dura unos 40 minutos y cuesta 2,20 BAM (1,10€). A mí se me hizo muy agradable.
Me alojé en el Leopold Chillout Hostel, en una habitación compartida de 8 camas, que me costó 14€ por noche.
Muy bien situado, limpio, con cocina completa, los chicos que lo llevan son de lo más agradable, Maid me dijo cómo llegar hasta el mercado y me dió muchos consejos útiles de lugares que visitar de la ciudad.
Eso sí, es un tercer piso sin ascensor.
Después de llegar, dejar mi mochila y refrescarme un poco, me puse a explorar la ciudad.

El barrio otomano de Baščaršija
El barrio histórico de Sarajevo se llama Baščaršija (que quiere decir mercado principal), es un laberinto de callejuelas con un aire otomano llenas de pequeños comercios, bazares, mezquitas y baños turcos situado en la orilla norte del río Miljacka.
Es la zona más turística de Sarajevo, y está bien recorrerla. Mucha gente de la ciudad va a comer a alguno de sus innumerables restaurantes.
Un restaurante que te recomiendo de esta zona, que es un clásico, es el “Morica Han”, ubicado dentro de un antiguo caravanserai.
El patio es muy agradable y tienen un plato vegetariano de lo más completo.
Los precios son razonables, pero aún así están por encima de mi presupuesto, o sea que me dí el gusto de comer allí ese primer día y el resto de mi estancia en Sarajevo cociné y comí en el hostel o en la calle.
Ese primer día me empapé de la parte más turística de Sarajevo.

Visitar museos de la guerra.
Por la tarde visité un memorial sobre el genocidio de Srebrenica.
En todas partes hay museos y exposiciones sobre la guerra y creo que hay que visitar al menos uno para conocer de primera mano lo que pasó, y más aún cuando apenas han pasado 30 años y está muy fresco.
Fué una visita dura, no lo voy a negar, recuerdo muy bien la guerra de los Balcanes, pero oír testimonios de primera mano es una bofetada de realidad.
Sólo pensar que esta ciudad hermosa y amable sufrió un sitio despiadado durante casi 4 años te deja sin respiración.

El Sarajevo de la gente
En mi segundo y último día en Sarajevo decidí alejarme de lo más turístico y conocer la ciudad cotidiana.
Lo mejor para vivir la realidad son los mercados, o sea que me fuí al Pijaca Markale, el mercado de verduras y luego al Gradska Trznica Markale, el mercado de comida, carne, quesos y productos agrícolas de la ciudad.
No es muy grande y es muy agradable recorrerlo, probar sus quesos y charlar con la gente. Puedes comer dentro del mercado.
Allí compré un queso ahumado que estaba de muerte, que junto con los higos y las uvas que compré en el Pijaca, algo de pan y un zumo de pera consistió en mi comida del día.
Fui a comer a la plaza que hay junto al mercado (Trg Oslobođenja – Alija Izetbegović) y es donde recibí la lección más dura de Sarajevo.
Busqué un sitio donde sentarme en la plaza. Encontré un banco vacío justo delante de la iglesia ortodoxa que hay en una esquina de la plaza. (la esquina totalmente opuesta al mercado)
Al lado está el juego de ajedrez gigante donde siempre hay un montón de hombres mayores jugando y apostando.
Muy cerca hay una parada de autobús, por lo cual mucha gente se sienta en ese banco a esperar el autobús mientras contempla la iglesia o el juego de ajedrez.
Ahí me senté a comer, inocentemente, sin saber que me había sentado en un punto lleno de vida de la ciudad.
Pasó mucha gente por el banco con la que me crucé palabras y sonrisas. La gente es muy amable y simpática en Sarajevo.

La mirada de una madre rota
Al rato se sentó una señora mayor con su pañuelo en la cabeza que llevaba un trozo de periódico en la mano.
Era un diario antiguo donde se veía la foto y el nombre de un hombre.
Era su hijo. Desapareció en la guerra.
La señora se puso a hablar y a llorar, la abracé.
La acompañaban su otro hijo y su nieto que hablaba un poco de inglés.
El joven me pidió disculpas, me dijo que la abuela había perdido la cabeza desde la guerra y aún seguía buscando a su hijo.
Le dije que no me importaba, que la dejasen desahogarse conmigo. Lloramos, nos abrazamos, reímos y me acarició la cara mientras los dos hombres, algo avergonzados, esperaban de pie.
Cuando nos despedimos el nieto me dió las gracias y me dijo que seguramente la abuela dormiría mejor esa noche.
Nunca olvidaré su mirada.

Jajce
Al día siguiente a primera hora fuí a la parada de tranvía de la Catedral y tomé el tranvía 2 hasta la universidad.
Desde allí caminando unos 400m llegas a la terminal de autobuses de Sarajevo.
Allí tomé el bus hasta Jajce, que es una población al noroeste de Sarajevo a la que hay que ir expresamente, no está de camino a ninguna parte.
Había leído que la naturaleza alrededor del pueblo es muy hermosa, que la población es singular y tiene una cascada de 20 metros en medio del pueblo.
Tenía que verlo con mis propios ojos.
Nada más llegar y caminar unos metros desde la estación de autobuses ves el salto de agua. Y no es pequeño.
Encontré una habitación con baño por 19€. Está delante del súper Bingo, a las afueras del pueblo. Es un edificio que tiene un Youth hostel, zona de acampada junto al río y alquilan habitaciones.
No hay cocina, pero lo cierto es que Jajce es bastante barato y encontré un par de sitios con platos vegetarianos.
El alojamiento está un poco apartado del pueblo, a unos 10 minutos del centro.
Lo bueno es que puedes ir paseando junto al río, hasta lo alto de la cascada.
El centro del pueblo no tiene nada de especial, hay un montón de bares y restaurantes para los turistas, pero cuando te adentras en la parte “vieja” la cosa cambia.
En una tarde puedes visitar las catacumbas, que es una iglesia subterránea (entrada 5 BAM) y subirte hasta la fortaleza desde la que tienes unas vistas fantásticas de la zona. (5 BAM).
Total, por 5€ puedes ver lo más interesante del pueblo en una tarde.

Cuando estás en lo alto de la fortaleza entiendes porque el pueblo se llama Jajce (huevo). Y es que el pueblo es como un huevo posado en un valle con una cascada enmedio.
Un sitio bonito donde pasar el rato es la parte alta de la cascada, es un rinconcito agradable y gratis.
Para ir al pie de la cascada hay que pagar entrada, creo que eran 10 BAM (5€), pero yo fuí a la hora de comer, apenas había gente y no había nadie en la entrada, así que entré y salí sin problemas y sin pagar nada.
Una excursión que me hubiese gustado hacer es ir hasta los lagos del río Plavda, que están a unos 6 km del pueblo.
No hay autobuses, los taxis son carísimos y no tenía ganas de caminar 12 km por la carretera, así que me quedé con las ganas.

Mostar
Después de dos días muy tranquilos y relajantes en Jajce, tomé un autobús a Mostar.
Tuve un pequeño problema a la llegada a la ciudad, el conductor no hablaba mucho inglés y me dejó en la estación del Oeste en vez de la del Este que era la que me iba mejor.
Así que me tocó caminar unos 4km para llegar a mi alojamiento, estas cosas suelen pasar y es mejor tomárselo con calma. Un poco de ejercicio no mata a nadie.
Me alojé en “Full View”, un “sobe”, es decir, una habitación en un piso donde se alquilan 4 habitaciones y se comparte baño, cocina y sala de estar.
La señora que lleva la casa era muy amable y nos daba comida a todas horas. Era como estar en casa de la abuela.
Es un sexto piso, con ascensor esta vez, y mi habitación tenía aire acondicionado y un balcón con unas vistas impresionantes de la ciudad. Me costó 19€ la noche y estuve tan a gusto que me quedé 3 noches.
El piso está muy bien ubicado en el centro de la ciudad, en una zona bulliciosa y local, a un paseo de 15 minutos de la zona más turística, donde está el famoso puente.
En Mostar hace mucho calor. Estábamos a finales de septiembre y era un horno, o sea que es importante tener aire acondicionado o ventilador en la habitación.
La mañana siguiente, después de un desayuno en el balcón ofrecido por la señora y compartido con dos chicas de Estambul muy divertidas, me puse en marcha hacia el famoso puente de Mostar.
La parte turística de Mostar está muy delimitada, es muy pequeña y está llena de gente.
De hecho no es más que la calle que lleva al puente por los dos lados.

Un poco de historia
La historia de Mostar está ligada al Stari Most, el puente viejo.
Es un puente otomano del siglo XVI sobre el río Neretva y conecta las dos partes de la ciudad.
Siempre se consideró un símbolo de la convivencia pacífica y de la armonía entre Oriente y Occidente durante cientos de años.
El puente se mantuvo intacto durante 427 años, hasta que fué destruido el 9 de noviembre de 1993 por las fuerzas paramilitares croatas durante la guerra de Bosnia.
Posteriormente, se puso en marcha un proyecto para reconstruirlo. El nuevo puente se abrió el 23 de julio de 2004 y es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2005.
La historia de Mostar es la historia de Bosnia.
Los croatas y los bosnios se unieron para hacer frente a los serbios que querían quedarse con la ciudad y consiguieron rechazarlos, pero luego fueron los croatas los que quisieron echar a los bosnios de la ciudad y quedarse con ella.
La intervención de las Naciones Unidas acabó con el conflicto, pero aún hoy tienen 3 constituciones, y cambian de presidente cada 8 meses, rotando entre bosnios, croatas y serbios.
Todavía están vigentes los acuerdos de Dayton que se firmaron al terminar la guerra.
Cada una de las tres etnias tienen derecho a veto, por lo que es prácticamente imposible llegar a ningún acuerdo, y eso hace que el país esté congelado en el tiempo y no pueda avanzar.
Así pues, el Stari Most, el puente viejo, es un símbolo de convivencia, pero dicha convivencia dista mucho de ser pacífica y perfecta.
El puente es bonito y está absolutamente masificado. Los turistas se pegan por cruzarlo y además es empinado y resbaladizo, por lo que no creo que sea lo mejor de esta bonita ciudad.
Para mí lo mejor de Mostar es el río, con sus aguas color esmeralda, y su gente amable y dulce.
Mostar es una ciudad bonita, no es sólo su puente, vale la pena perderse por sus calles.
Blagaj, Pocitelj y las cataratas de Kravice
Al día siguiente contraté una excursión en grupo para ir a ver el monasterio sufí de Blagaj, el pueblo otomano de Počitelj y acabar con un bañito en las cascadas de Kravice.
No soy muy partidaria de las excursiones organizadas, no me gusta ir en rebaño y reconozco que soy muy mala gestionando los tiempos, siempre soy la que llega última al autobús tras una visita.
Pero a veces es una buena opción, y esta vez valió la pena.

Blagaj
Me encantó el monasterio sufí de Blagaj, ubicado bajo una impresionante pared de piedra junto a un manantial natural.
Es de esos sitios donde dejar vagar la imaginación
Se puede visitar por dentro, creo recordar que costaba 10€ y lo disfruté muchísimo.

Počitelj
El poblado otomano está en plena reconstrucción, muy a menudo se quedan sin dinero y paran las obras, lleva como 20 años en proceso de rehabilitación.
Es bonito, y lo será más cuando acaben. No subí hasta arriba del castillo porque había que subir y bajar en media hora y además quería comer algo.
No me impresionó demasiado. Llevo vistos muchos pueblos otomanos. Lo que más recuerdo de la visita es la fantástica ensalada con frutos secos y yogur que me tomé en el restaurante al pie del pueblo.

Cascadas de Kravice
Las cascadas de Kravice sí las disfruté de verdad, porque hizo mucho calor ese día y el agua estaba helada, lo cual fué realmente tonificante.
La zona de las cascadas es muy bonita, pero me contaron que son de propiedad privada y sus propietarios han echado mano de cemento y metal para delimitar zonas, hacer accesos… incluso hay un trenecito por si no tienes ganas de bajar a las cascadas andando.
Está muy masificado y muy tocado, parece una playa de la Costa Brava en pleno verano.
Pero hay que reconocer que la cascada es bonita, y que ese baño me vino muy bien.
En el bus me hice amiga de Helen, una chica inglesa que vive en Berlín y bajamos juntas a la cascada, vigilamos las cosas de una mientras la otra se bañaba y nos reímos mucho.
Después del baño nos fuimos a tomar una cerveza y se nos fué el santo al cielo, perdimos la noción del tiempo y el autobús casi se va sin nosotras.
Llegamos por los pelos. Por eso no me gustan este tipo de excursiones, no estoy acostumbrada a los horarios.
Debo reconocer que fué un día completo y delicioso, de esos que llegas al alojamiento feliz y molida. La excursión me costó 45€, comida y entradas aparte.

Dubrovnik
Al día siguiente tomé un bus a Dubrovnik.
Me alojé en un hostel llamado Free Bird y fué el peor alojamiento de mi viaje, y uno de los más caros.
35€ por una habitación compartida de 10 en unos bajos de un edificio alejado de todo y cuesta arriba. Fué lo más barato que encontré.
Dubrovnik es caro, muy caro. Es la joyita de Croacia y se hace pagar.
Además se puso a llover y el hostal tenía una zona común de risa, apenas un sofá y una cocina americana diminuta en un pasillo sin ventanas, lleno de gente protegiéndose de la lluvia.
Así que, después de comer algo, me puse el chubasquero y salí a investigar, porque mi idea era coger el ferry de las 6 de la tarde del día siguiente a Budva, ya en Montenegro y, como tenía la mañana libre, aprovechar para visitar la ciudad amurallada.
Suponiendo que no lloviese.
Bajé al puerto, a averiguar dónde se tomaba el ferry, ese día se había cancelado debido a la lluvia y nadie sabía si al día siguiente iba a salir.
Me dí un paseo por el Graz, la zona del puerto, que me gustó mucho a pesar de la lluvia.
Mi plan está en manos del mal tiempo
El plan del día siguiente dependía del tiempo, en todo caso decidí que no me quedaría en ese hostel.
Me levantaría temprano, dejaría la mochila en un sitio que encontré en el Graz, me iría a ver la ciudad vieja y si salía el ferry me iría por la tarde, sino ya tenía visto un hostel en el Graz.
Cené un plato de pasta en un centro comercial donde los precios eran razonables y ya con la tripa llena y un plan, regresé al hostel.
El día siguiente amaneció lloviendo, pero yo seguí con mi plan.
Bajé al puerto mientras llovía a mares, dejé mi mochila en un sitio de cambio de moneda donde me la guardaron por 3€ (y de paso cambié los BAM bosnios que me quedaban por Euros) y me fuí a coger el bus al centro.
Cuando llegué a la puerta de la ciudad amurallada, había dejado de llover y salía el sol.
Todo sale según lo previsto
Hizo una mañana radiante que pasé perdiéndome por las callejuelas de la ciudad vieja de Dubrovnik, cruzándome con riadas de gente, escuchando a los guías de grupos dando explicaciones sobre palacios y torres y viviendo el momento.
Tenía ganas de subir a la muralla, pero cuesta 40€, me parece un auténtico robo, de hecho todo es un robo en la ciudad amurallada, que sí, es muy bonita, pero se pasan un montón.
Así que al final me conformé con encaramarme en los sitios más altos de la ciudad para tener unas buenas vistas.
Encontré un sitio donde comer que no era muy caro, y tenía una terraza con vistas junto a la muralla inalcanzable y a eso de las 3 de la tarde empecé mi camino de vuelta al puerto.
Fué un buen paseo de 3 km hasta el puerto pero no tenía ninguna prisa ni un sitio donde ir, o sea que me permití buscar rincones escondidos de la ciudad, leer un ratito en un parque y relajarme un poco, Dubrovnik no es una ciudad tranquila.
A las 5 fuí a comprar el ticket del ferry, que salía a su hora y me quedé por la zona hasta la hora de embarcar.
Al final todo salió como debía, ya me encontraba camino de Montenegro.

Vi la puesta de sol desde el barco y me pegué un buen siestorro. El trayecto dura 2 horas, cuesta 50€ y te ahorras un montón de curvas y horas de bus.
Otras entradas de este viaje:
Bosnia y Montenegro ruta por libre 20 días