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Pamukkale es un lugar único, que tiene un reto muy particular: cómo sobrevivir a su propia belleza. 

Cuando pensamos en Turquía nos viene a la cabeza Estambul, Capadocia, y Pamukkale, el “castillo de algodón”.

Pamukkale se encuentra en medio de ninguna parte. Si miras el mapa de Turquía verás que no está de paso a ningún sitio y está bastante alejada de los circuitos turísticos.

A Pamukkale hay que ir expresamente. Pese a su situación geográfica recibe miles de visitas diarias y es uno de los destinos más populares y masificados de Turquía.

¿Qué es Pamukkale?

Es una zona natural y una famosa atracción turística al sudoeste de Turquía, concretamente en el valle del río Menderes, en la provincia de Denizli, donde se disfruta de un clima templado la mayor parte del año.

Los movimientos tectónicos que tuvieron lugar en la depresión de la falla de la cuenca del río Menderes causaron frecuentes terremotos que ocasionaron la aparición de numerosas fuentes de aguas termales.

Fueron esas aguas, con su alto contenido en minerales  (creta, en particular)  las que crearon Pamukkale.

Este fenómeno natural produce gruesas capas blancas de piedra caliza y travertino, que bajan en forma de cascadas por la ladera de la montaña, lo que da la sensación de estar ante una catarata congelada. 

Estas formaciones también adquieren el aspecto de terrazas de travertino en forma de medialuna que contienen una capa de agua poco profunda dispuestas en el tercio superior de la ladera formando escalones, que oscilan de 1 a 6 metros de altura, y estalactitas que sostienen y unen estas terrazas.

Los romanos ya atribuyeron propiedades curativas a estas aguas, y fundaron la ciudad de Hierápolis, que se encuentra en la parte alta de la formación y cuyas ruinas se pueden visitar.

Antes de ser declarado Patrimonio de la Humanidad (1988) Pamukkale estuvo muy descuidado durante las últimas décadas del siglo XX, época en la que se construyeron hoteles en lo alto del lugar que destruyeron parte de los restos de Hierápolis. 

Las aguas termales de las fuentes se utilizaron para llenar las piscinas de los hoteles y se vertieron aguas residuales justo sobre la colina, de ahí que adquiriera un tono parduzco; además, se construyó una rampa de asfalto para acceder a la parte principal.

Los turistas se paseaban con los zapatos puestos, se lavaban con jabón y champú en las pozas, subían y bajaban por las laderas montados en bicicletas y motocicletas. 

Para cuando la Unesco dirigió su atención hacia Pamukkale, el lugar estaba perdiendo su atractivo.

Entonces se intentó restaurar: se demolieron los hoteles y la rampa se cubrió con pozas artificiales a las que hoy los turistas pueden acceder y bañarse, de hecho son las únicas en las que te puedes bañar hoy en día.

¿Qué tiene de especial?

Lo que hace especial Pamukkale es el travertino que ha ido sedimentando en la ladera de la colina, desde lejos parece una colina cubierta de nieve.

Cuando llegas al pie de la ladera, te tienes que descalzar. 

Pisar el travertino rugoso, con agua corriendo por encima en la mayoría del terreno, es toda una experiencia.

Da la sensación de que tiene que ser resbaladizo, pero no lo es en absoluto, es más, en algunas zonas raspa bastante.

El agua que baja por el primer tramo es fría, pero a medida que vas subiendo el agua se entibia.

Cuando llegas a las primeras pozas el agua ya es de manantial y sale a unos 37º. 

Las primeras pozas, donde te puedes bañar, son hechas por el hombre. Aunque ya están cubiertas por la caliza blanca, son de cemento, poco profundas, 40cm como mucho, y cuando metes los pies en el agua remueves una especie de polvo blanco, es el travertino aún no asentado.

Sólo una pequeña parte de las pozas naturales tiene agua. la mayoría de las pozas, que quedan a la derecha, están vacías y está prohibido pisarlas, son las que están en período de recuperación, están “tomando el sol” para que el travertino recupere su color níveo, ¡y parece que funciona!

Aún quedan cicatrices del maltrato sufrido a la zona a finales del siglo pasado, en algunos lugares el travertino está sucio, en otros ha desaparecido.

Será largo preservar y mantener lo que queda, y muy difícil recuperar su antiguo esplendor.

Cuando llegas arriba, después de haberte pegado algún bañito y hacer un montón de fotos, se abre un paisaje totalmente distinto. Estás en las ruinas de Hierápolis.

Vale la pena dedicarle un rato a Hierápolis, visitar el antiguo circo y las ruinas adyacentes.

Incluso puedes bañarte en la piscina de Cleopatra, es una gran piscina de aguas termales. 

Es un lugar muy turístico ya que se pueden ver las columnas y las ruinas sumergidas en el fondo del agua. 

Se puede entrar en esta piscina de forma gratuita, pero si te quieres bañar hay que pagar una entrada aparte. Sí, hay un torno de pago casi en la misma escalera de la piscina. 

Y está a tope. No puedes ver ni el agua de la piscina, de la cantidad de gente que hay metida ahí. Yo no me metí, me pareció una turistada.

Mi viaje a Pamukkale

Tomé un bus a las 8 de la mañana, tardó casi 8 horas en hacer el recorrido hasta Denizli, allí cogí un dolmus hasta Pammukale.

Me habían dicho que el alojamiento en Pamukkale es muy caro, el pueblo al pie del castillo de algodón es un lugar super turístico, feo y caro.

Tampoco me apetecía quedarme en Denizli, que es una gran ciudad a 20 km de Pamukkale.

O sea que me la jugué y decidí alojarme en Karahayit. Este pequeño pueblo está pasado Pamukkale, si no te bajas del dolmus que te trae desde Denizli en Pamukkale, éste sigue un par de pueblos más, el segundo es Karahayit.

También es un pueblo con aguas termales, pero no tienen nada que ver con Pamukkale. Sus aguas son rojas, llenas de hierro y otros minerales.

Aunque es un pueblo algo turístico debido a las aguas, no tiene nada que ver con Pamukkale. Es tranquilo y tiene su encanto.

Apenas hay una calle con banderines que es donde encuentras los 4 o 5 restaurantes del pueblo, alguna tetería y una que otra tiendita.

Llegué a media tarde a Karahayit, con hambre de lobo.

Me alojé en el Çavdar Thermal Hotel, me costó 12€ la habitación con desayuno.

La pareja que lleva el establecimiento, Irham y Jamila, son muy amables y divertidos y me hicieron sentir como en casa. 

Los desayunos son épicos y lo mejor de todo: ¡tienes tu propia bañera con agua termal en la habitación!

Está a unos 10-15 minutos en dolmus del circo turístico de Pamukkale (60 céntimos de Euro) y te aseguro que ganas en precio, tranquilidad y calidad.

Me fuí a comer algo, exploré los alrededores del pueblo, lavé ropa, porque la habitación tenía una terracita y un fregadero exterior y hay que aprovechar las oportunidades.

Al anochecer me tomé unos tés con la familia, me llené la bañera con agua de color naranja a 50º de temperatura, una auténtica delicia para mi cuerpo que ya empezaba a acumular muchas horas de bus, y dormí como un bebé.

La montaña de algodón.

Me levanté temprano para ir a la montañ blanca, todo el mundo quiere estar allí en la puesta de sol, con lo cual está petado a esa hora.

Me recomendaron que, si no quería encontrarme mogollón, fuera a primera hora.

Está abierto de las 8 de la mañana a las 8 de la tarde.

Eso hice, y fué una buena idea. Había gente, era un martes por la mañana, pero se podía estar.

Es hermoso, todo hay que decirlo, pero también ves las cicatrices del maltrato, no sólo el de años atrás.

Las terrazas de travertino, las estalactitas blancas, la verdad es que es un placer para la vista, un lugar extraño y bello.

También aproveché para bañarme en las pozas permitidas. Me divertí mucho.

A eso de las once de la mañana ya estaba arriba, visitando las ruinas de Hierápolis, valen la pena, me encantó el teatro romano.

Entonces llegaron las primeras hordas de autobuses. Los autobuses llegan por detrás, por la entrada norte, del lado de Karahayit, directamente al parking adyacente a las ruinas, y van bajando.

Muchísima gente. Se quitan los zapatos delante del guardia, pero se los vuelven a poner cuando están fuera de su alcance. Se creen muy listos.

No respetan las zonas delimitadas, saltan vallas, quieren la gran foto, que es imposible de hacer, porque de pronto hay miles de personas sobre el travertino blanco.

No les importa la sostenibilidad del lugar, ellos han pagado y se creen con derecho a hacer lo que les venga en gana.

Después de la visita a Hierápolis y a la piscina de Cleopatra (una turistada más, no se ve el agua de la cantidad de gente que hay metida… vamos, de lo más romántico.), decidí apartarme un poco. 

Hay una zona de picnic justo encima de las zonas de pozas cerradas, allí no hay nadie, todo el hormiguero está en las pozas visitables. La vista es preciosa y es un sitio tranquilo. Me había llevado la comida y comí allí tranquilamente. También hay lavabos.

A eso de las 3 de la tarde ví un nubarrón negro enorme que venía por el norte, y decidí que ya era hora de ir bajando.

La bajada fué como pasear por las Ramblas de Barcelona un sábado por la tarde. Fuí a la idea. Ya me había bañado a la subida, o sea que no tenía nada que hacer entre esa multitud.

Justo cuando llegué abajo, miré hacia la montaña blanca y ví el cielo negro. ¡Me voy pa casa que tengo la ropa tendida!

Cogí el dolmus y me fuí para Karahayit. Cuando llegaba al alojamiento empezaron a caer unos goterones enormes. Subí y recogí la ropa.

Se puso a llover a mares. Mi plan era quedarme en casa. Tenía comida, tenía pilas en mi frontal y el power bank cargado, o sea que tocaba tarde de bañito termal, libro y meditación.

Cayó la del pulpo, una tormenta con rayos y truenos y mucha agua. Se fué la luz, pero estaba preparada.

Cuando se fué la luz me pilló dentro de la bañera de agua naranja, con música en mi móvil… vaya, que sólo me faltaron unas velitas.

De esas noches de tormenta que agradeces tener un sitio cálido y seco en el que estar.

Al día siguiente, cuando bajé a desayunar, me esperaba Irham con su desayuno inacabable…¡y un regalo!.

Además del hotelito, la familia tiene una fábrica de jabones naturales hechos con el agua naranja de Karahayit (Irham me dijo que tiene 23 minerales distintos), con hierbas y aromas de la zona. Me regaló uno. 

Le compré 2 más. Un buen regalo para los de casa, favoreciendo directamente a la población local.

Me despedí con pena de Jamila e Irham. Como si nos conocieramos de toda la vida.

Conclusión

Llegar a Pamukkale no es fácil, no está de paso a ningún otro sitio, o sea que más vale tenerlo claro.

Confieso que dudé mucho, estuve a punto de irme hacia la costa y dejar la visita de lado, pero me alegro de haber ido.

Recordaré más Karahayit, los baños termales y a Irham y Jamila que la visita al castillo de algodón.

Creo sinceramente que tendrían que poner un límite de visitas diarias y más controles para que la gente no salte las vallas.

Pamukkale es un lugar singular que está “muriendo de fama”, es tan único que recibe más visitas de las que puede asumir. 

Por suerte se dió un paso atrás en su destrucción a finales de los 80 cuando echaron abajo los hoteles de la cima y cubrieron la rampa de cemento, y sí, parece que la zona se va recuperando, pero el proceso es lento y la presión es mucha.

Debemos aprender a viajar de manera responsable, dejar una huella positiva detrás nuestro, visitar lugares con respeto, porque nosotros nos iremos e igual no volvemos nunca más, pero hay gente que vive del recurso natural que nosotros estamos pisando y maltratando…

Aprendamos a tener más empatía a la hora de viajar y ponernos en los zapatos del lugareño, contribuir a hacer este mundo más sostenible y hermoso.

Me gustó la visita al castillo de algodón, y me entristeció un poco. 

¿Conseguirá sobrevivir a su singular belleza?

 

Presupuesto:

Alojamiento: 12 x 2 = 24€ (desayuno y baños termales incluidos)

Comida: 20€

Entradas Pammukale + Hierápolis: 7€

Bus Konya – Denizli: 10€

Dolmus (bus local): 3€

Total Pammukale: 64€ 2 días

Presupuesto diario: 32€

 

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