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Samarcanda es uno de esos nombres que se te clavan en el corazón en cuanto lo oyes.

A los 13 o 14 años me encantaban los cómics del Corto Maltés, de Hugo Pratt. Era un aventurero de principios del siglo XX que vivía aventuras por el mundo y tenía amigos muy raros y sin escrúpulos.

Una de las aventuras del Corto se llamaba “la casa dorada de Samarcanda”. Y el nombre se me metió dentro. Me puse a leer sobre el tema, la ruta de la seda, leí a Marco Polo, Ibn Battuta…

Me había picado el gusano de seda y decidí visitar esa zona cuando pudiese.

¡Y ya me ves aquí, 45 años más tarde contándote cómo me ha ido mi viaje a Uzbekistán!

Intentar hacer realidad los sueños de adolescente es peligroso, y más si han pasado 45 años. 

La ruta de la seda ya no existe, Uzbekistán es un país moderno y han pasado tantas cosas en los últimos 100 años en la zona, que todo ha cambiado mucho.

El lugar es el mismo, pero no encontrarás lo que esperas… en cambio encontrarás cosas que no esperas y que te llenarán el alma.

Samarcanda

Mi vuelo llegó a Tashkent al anochecer, me fuí a cenar algo y a dormir, al día siguiente tomaría el tren a Samarcanda.

Llegué a Samarcanda un jueves a eso de las once de la mañana. Tomé el “Sharq”de las 8, tarda unas 3 horas y pico.

Me quedé tres días.

Me alojé en el Registan hostel, que sólo tiene 3 dormitorios compartidos de 6 camas. Un lugar pequeño, agradable y, lo más importante, pegado al Registan.

 

Registan

El Registan era una plaza pública donde las personas se reunían para escuchar las proclamaciones reales, anunciadas por explosiones en enormes tubos de cobre llamados dzharchis, y un lugar de ejecuciones públicas.

La plaza está enmarcada por tres madrasas (escuelas islámicas) de la distintiva arquitectura islámica..

Registán significa “lugar de arena”,fué durante muchos años el corazón de Samarcanda.

Y lo sigue siendo.

Elegí este hostel porque tenía ganas de compartir y los hostels son ideales para eso. Además de su ubicación, es limpio, tiene cocina y una zona común muy agradable. 

Y las chicas de la recepción son unas cracks.

Si no eres de hostel, busca alojamiento cerca del Registán o en la zona de la Bibi, me hablaron muy bien del Bibikhanum Hotel, pegado y con vistas a la hermosa Bibi.

Como mi cama no estaba lista, dejé mis cosas en la recepción y me fuí a echarle un vistazo al Registán. Me moría de ganas. 

Tenía una lucha interna entre esa niña soñadora lectora de Corto Maltés y la mujer madura que soy ahora que intenta bajar a la niña de su idea idílica de Samarcanda.

Porque hoy en día Samarcanda es la segunda ciudad de Uzbekistán, con alrededor de medio millón de habitantes, una ciudad moderna, bulliciosa y llena de vida.

Fuí caminando por la Avenida Registán, de 3 carriles por sentido, siempre pegada a la izquierda, buscando una silueta… ¡y allí estaba, el Registán!

Ya no es un lugar de arena, es una plaza enorme de suelo de piedra rodeada por unos jardines inmensos que se pierden hacia el este.

Es de esos sitios que te dejan sin aliento. Te vas acercando y dejas de oír el tráfico de la avenida a medida que recorres la explanada que precede a las tres madrasas.

Hay que pagar entrada para acceder al recinto de las madrasas, 50.000 sums, pero desde fuera tienes una vista imponente del recinto.

Decidí entrar a la mañana siguiente, a primera hora, para no encontrar mucha gente. Abren a las 8, y allí estaba yo. 

Recuerda que debes de seguir unas normas mínimas de vestimenta: rodillas y hombros tapados y las mujeres deben taparse la cabeza para entrar a la madrasa del medio, que es mezquita. No hay que descalzarse.

Me hice unas fotos con unas señoras Uzbekas, turistas de zonas rurales, muy simpáticas.

Visité los edificios con calma, sin apenas gente, disfrutando del momento y de la belleza.

Vivimos en la era de la información, queremos saber dónde estamos, qué era eso, para qué servía… y nos olvidamos de observar con el alma abierta. 

Yo sólo observé, me empapé del ambiente, sin sobre informarme, sin un señor delante con una banderita y un montón de gente detrás.

Prefiero informarme lo mínimo e ir a “sentir” el lugar. Si algo me llama la atención y me surgen preguntas, hago fotos y luego, por la noche, busco información por Internet.

Pero cuando estoy allí, sencillamente vivo el momento.

Me pasé toda la mañana por el Registán, recorriendo las madrasas, con su patio interior a la sombra, (aún en septiembre el sol pega fuerte en las horas centrales del día) y sus interminables jardines.

A media mañana la plaza estaba a rebosar.

Llegué en época de bodas, era jueves y la plaza estaba llena de novias, novios, familias y fotógrafos.

Los novios recorren grandes distancias para hacerse las fotos en este escenario natural.

También encontré novios en Khiva, pero en el Registán había una pareja cada 20 metros, algo increíble.

Samarcanda no es lo que fué, y el Registán tampoco. Casi todo el recinto es restaurado.

Las madrasas hace muchos años que no funcionan como escuelas, hoy en día es un lugar 100% para el turismo.

Sin embargo sientes latir algo muy fuerte en esa plaza, el amor de la gente por ese lugar emblemático.

Bibi Hanum

Si caminas hacia el norte, atravesando los jardines, te encontrarás con la Bibi.

La mezquita de Bibi Hanum. Por fuera me pareció imponente e increíblemente hermosa, aunque sus dos minaretes están desmochados, su iwan (la entrada) de 35 metros de altura decorado con azulejos, y su inmensa cúpula azul turquesa te llaman a entrar.

La entrada cuesta 40.000 sums, hay un patio con una glorieta y un Corán gigante, un par de recintos (antiguas madrasas) donde venden artesanía. Dentro ves las cicatrices de Bibi, a la que los terremotos y el abandono dejó casi en ruinas.

Bibi te enamora por fuera y te encoge el corazón por dentro, pero no puedes dejar de pasar por ese portal tan prometedor.

Siyob Baazar

Al lado de la Bibi tienes el Siyob Bazaar, el mercado más grande de la ciudad.

Si te gustan los mercados y los bazares, no hay nada mejor que callejear por el Siyob.

Aproveché para comprar comida de mercado y de proximidad para mis días en Samarcanda.

En el hostel no sirven desayunos, pero cruzando la avenida de 6 carriles (te deseo suerte), hay panaderías, cafés y restaurantes al otro lado.

Para comer me paraba en algún puesto de somsas (parecidas a las samosas indias), o me comía un manti o una ensalada.

Las cenas me las preparaba en el hostel. No como carne, y eso es un reto en Uzbekistán.

Se estaba haciendo tarde y me rugían las tripas, o sea que regresé al hostel y me preparé algo para cenar.

Me puse a hablar con unos chicos balcánicos (uno croata y el otro albanés) que llevaban un par de días por la ciudad.

Me dijeron que sí o sí, tenía que ir a ver la necrópolis de Shahi Zinda, que era lo que más les había gustado. Además la tenía ubicada, está detrás del Siyob Bazaar.

También me hablaron de compartir un taxi hasta Duchambe, la capital de Tayikistán, y allí hacer la ruta de los 7 lagos.

No había oído hablar de esta opción ni de esa ruta y les encantó, desde Samarcanda no hay mucho trecho a Duchambé y luego ví fotos de los chicos por allí y pinta muy bien.

No fuí, tenía otros planes, pero me lo apunto y te lo comparto.

Shahi Zinda

Así que por la mañana, después de desayunar, volví a pasar  por delante del Registán, me quedé un ratito en la plaza, me compré un helado, recorrí los jardines.

Volví a saludar a Bibi, tan hermosa por fuera y tan triste por dentro, atravesé el mercado hasta llegar a una carretera, y rodeándola por un paseo peatonal y cruzando un puente, llegué a Shahi Zinda.

Shahi Zinda es una necrópolis. El conjunto más antiguo incluye 11 mausoleos que tienen cúpulas azules con un brillo iridiscente que las colorea.

Los antiguos edificios de mezquitas y mausoleos, con los restos de la nobleza  de Samarcanda, han sido construidos durante cientos de años.

Hasta hace poco, se creía que el primer mausoleo se construyó en el siglo XIV, pero los resultados de las excavaciones dan razones para afirmar que los primeros edificios en Shahi Zinda pertenecen a los siglos XI y XII.

La fachada de cada uno de los mausoleos está decorada con azulejos de arriba abajo y están muy juntas, por lo que pasas por una calle estrecha rodeada de arabescos turquesa.

Es como toda la belleza concentrada en un solo lugar. No te lo puedes perder. La entrada cuesta 40.000 sums.

Volví al hostel al anochecer, el paseo es delicioso pero largo.

El espectáculo nocturno en el Registán

Al día siguiente tomaba el tren a Bujara, así que después de prepararnos unos macarrones con un italiano en el hostel (y que buenos estaban, oye), salí a dar una vuelta, a ver si pillaba el espectáculo de luces en el Registán.

En temporada alta lo hacen cada día sobre las 8 de la noche, pero cuando estuve (segunda quincena de septiembre) lo hacían dos o tres veces por semana aleatoriamente…

Era sábado. A ver si tenía suerte.

Nada más llegar a la plaza veo que está llena de gente.

El recinto de las madrasas está cerrado con unas barras plegables de metal pero completamente abierto a la vista.

Hay chicos cantando canciones con una guitarra, gente merodeando… y de pronto se encienden las luces y empieza la música.

El espectáculo de luces es un pelín naïf y caótico, con las tres madrasas cambiando de color al ritmo de una música estridente, pero estaba allí y lo disfruté. Mucha gente se sabía las canciones: “Samarkand, Samarkand”. 

Sientes un poco de vergüenza ajena, pero a la vez se te escapa una sonrisita y, por supuesto, acabas cantando “Samarkand, Samarkand” como todo el mundo, porque sí, Pilar, lo has conseguido ¡estás en Samarcanda!.

Samarcanda no me quiere dejar ir.

Mi tren a Bukhara salía a las 12:30 de un domingo

Me desperté a las 8, me duché (es buena hora en los hostels, todo el mundo duerme) y salí a la zona común que tiene un ventanal que da a la avenida. Eran las 8:30 y no pasaba ni un coche.

Salí a la calle y ví que la avenida estaba cerrada, con vallas y cordones. What?

Le pregunto a la chica de recepción, salimos las dos y le pregunta a un poli qué pasa.

Ay, esos momentos que oyes hablar y no entiendes y te fijas en la expresión corporal y piensas que no es nada bueno.

Tampoco es nada malo. Hay una carrera de bicicletas que pasa por mitad de la ciudad.

¿Sabías que hay grandes ciclistas uzbekos?

Pues eso, que las principales vías de la ciudad estarán cerradas al tráfico durante todo el día.

Pero que si salgo ya, aún hay vías abiertas.

Si llego allí antes de que cierren, igual encuentro un taxi que me lleve a la estación.

Son las 9:30 y no tengo ni idea de lo que tengo que caminar, o sea que me calzo la mochila y salgo disparada.

Camino un par de kilómetros, las calles están cerradas al tráfico, hasta que veo allá al fondo una calle con vehículos.

Un par de kilómetros más y llego a la calle transitada. Vale. Pasan taxis pero no se paran, vaya palo moverse por la ciudad con las vías cerradas, y además en domingo… 

Al final se para uno y le digo;”iltimos, poezd bekati” en mi uzbeko fluido, o sea “por favor, estación tren”

Y dice que sí. Ni le pregunto el precio ni regateo. A saber las vueltas que tendrá que dar para llevarme a la estación.

El hombre se portó. Me llevó por callejuelas estrechas, se conocía bien la ciudad, en media hora estaba en la estación y me cobró sólo 30.000 sums, 2,5€.

Gracias a mis madrugones, a la chica de la recepción del Registán hostel, y a mis piernas, pude salir de Samarcanda, que no me quería dejar ir.

Llegué a la estación una hora antes, pasé el control de seguridad, desayuné en los jardines de la estación mi té y pan que había comprado, con algo de frutos secos, y a esperar.

Samarcanda no me quería soltar, pero es que

¡Bukhara me estaba esperando!

Puedes leer más sobre mi viaje a Uzbekistán aquí:

10 curiosidades sobre Uzbekistan

Bukhara, la perla del desierto

Khiva, un paseo por el tiempo

Karakalpakstan: cómo ir de Khiva a Moinaq